domingo, 20 de octubre de 2013

Hojas de otoño

El otoño ha llegado este año. Lo he notado en mis fotografías, que caen una por una de mis paredes, como hojas doradas y muertas.

Aún hace calor, no recuerdo haber estado en la playa nunca un 20 de octubre. Pero eso no quiere decir que nunca lo haya hecho. No tengo buena memoria y por eso tengo fotos.
Solía pensar que yo tenía 5 años de menos, pues a esa edad cambió mi vida y nunca logré recordar nada de esos 5 primeros años. Si no los recuerdo, ¿no es como si no los hubiera vivido?

Muchos años después volví a la ciudad donde vivía. Esperaba tener un shock y recordar todo de repente al ver el piso que habitaba, la guardería donde escondía los garbanzos que me daban para almorzar o el parque donde jugaba. Quizá recordara el parque o los garbanzos o el bar frente al piso de ladrillo visto, pero no eran recuerdos reales o propios. Eran recuerdos robados, de historias de mi madre, de fotos antiguas.

No hubo shock alguno. No habría sabido distinguir mi antiguo edificio, la guardería era pequeña y no tenía la avenida de chopos que mi memoria había diseñado a su alrededor. El parque estaba lleno de pintadas, aunque eso es posible que no existiera cuando yo jugaba junto a la fuente.

Por eso hago fotos. Fotos de mí, de lugares, de gente que no quiero que se escapen de mi memoria. A veces me pregunto si quien sonríe para siempre sobre el papel en brillo pensará lo mismo de mí, si querrá no olvidarme o si temerá ser olvidado por mí. Atazagorafobia, leí una vez que se llamaba el miedo a que nos olviden. Hay gente que disfruta inventando palabras.

Las fotos no dejan de caer. A veces las oigo chocar contra el suelo y vuelvo a recolocarlas, intentando fijarlas en la pared y en mi mente. Me veo sonreír en diferentes lugares pero con la misma gente, una y otra vez.
A veces hay caras que son solo eso ya, recuerdos. Caras congeladas en las manchas de color que dejó una máquina con complejo de artista micropuntillista. Caras que sé que no se renovarán, que no volveré a ver porque son del pasado, porque están lejos, porque ya no están. Caras que me abandonaron o que abandoné.

Cada vez miro menos las fotografías. Desde lejos parecen vestir una pared desnuda y fría con colores. Una pared que nunca es la mía, porque ya no tengo. A veces se caen y no las recojo inmediatamente, por pereza. Sin pretenderlo las piso y me disgusto, pero cada vez menos. No conseguí recolocar un par de ellas, que ahora están amontonadas junto a la televisión con otros papeles que no recuerdo de donde salieron.

Este año el otoño llega a la vez que mi blutack pierde sus propiedades adherentes. El otoño ha llegado tarde, pero intuyo que también tardará en irse.

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