domingo, 23 de febrero de 2014

Tokio blues


Buenas noches, idiotófilos. Tranquilos, que no prosperará el vocativo, os lo digo desde ya.

A veces me da por recordar que tengo un blog en el que os prometí críticas constructivas de los libros que fuera leyendo con mi querido (y a veces abandonado) libro electrónico.

Primero os digo que, a pesar de todas las ventajas que tiene el formato digital, echo de menos pasar páginas y ver estanterías cargadas de libros. Pero esto hay que amortizarlo sí o sí. Como os dije hace tiempo, hoy toca "Tokio Blues".

"- A nadie le gusta la soledad. Pero no me interesa hacer amigos a cualquier precio. No estoy dispuesto a desilusionarme."

Os prometí alternar "clásicos", aunque quizá debería haber dicho literatura "seria". Aunque tampoco es un término muy correcto, es el mejor que se me ocurre ahora mismo. ¿Y qué tiene Haruki Murakami de clásico? ¿Cómo me dio por ahí? La respuesta la tiene Ana PF, defensora vehemente donde las haya del escritor japonés.

Si queréis os pongo un poco en contexto de este autor conocido solo en ciertos círculos. Pero vamos a jugar al ángel y al demonio, que así queda más guay e imparcial. Advierto que las opiniones de estos personajes no son completamente propias.

ÁNGEL

Desde su labor de traductor de obras de  Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, Murakami se ha convertido en uno de los autores más conocidos y reconocidos de la literatura nipona.

Se le ha considerado favorito para recibir el Premio Nobel de literatura. Pero ya ha cosechado premios en medio mundo: como los premios Franz Kafka, Jerusalem o el Internacional de Cataluña.

Su estilo se distingue por la honda dimensión psicológica de sus personajes, que consiguen sumergir al lector en una atmósfera personal y notablemente sensible. La causa de esta sensación es también la frontera que se dibuja entre el mundo interno de los protagonistas y el resto del mundo, que se hace ajeno y gris.

Las descripciones detalladas y que parecen superfluas, contribuyen a crear un marco sólido y enraízan con el minimalismo japonés. Pormenores que ralentizan el ritmo narrativo y nos imbuyen en una atmósfera de tranquilidad, que a veces es mágica, a veces depresiva y a veces, banal.  
"Cada cual a su manera, todos parecían felices. ¿Lo eran en realidad? En cualquier caso (...) la gente se veía contenta y eso me hizo sentir aún más solo que de costumbre. Porque yo era el único que no pertenecía a ese cuadro."
DEMONIO
Es un escritor sobrevalorado, crecido ante el (ya no tan) nuevo "gusto por lo alternativo" (hipster, para entendernos). Leer una novela de Murakami es muestra inconfundible de que sigues tu propio camino por formas de cultura elevada que nadie más conoce. Y encima, japonés y tendente a la depresión.

Sus libros son best-sellers y siguen un patrón fijo. No, no es "estilo propio", es ya una receta casi, proporcionada por Lectormalherido:

1Dos personajes protagonistas; un hombre y una mujer.
2. Un adolescente (hombre o mujer) rarito.
3Sexo cada 50 páginas. Los hombres entran a él como idiotas y las mujeres son frías y lanzadas y parece que les hacen un favor a los hombres por comerles la polla, dejarse penetrar o hacerles una paja.
4. Cosas raras.
5. Todo personaje es descrito físicamente; todo personaje, cuando cambia de ropa, es descrito en su indumentaria. Todo personaje que come ve detallado qué come y qué bebe. Absolutamente todos y siempre. Si de algún personaje no se dice qué ropa lleva, es que va desnudo y está follando.
6Cultura. Siempre encontrarán referencias a libros, música, cine y artes plásticas en una obra de Murakami. Y siempre serán referencias de Trivial o, incluso, de esos tests que vienen en los sobrecitos del azúcar. 











asdf


Suficiente contexto hemos tenido por hoy. Basta de hablar del autor. Y si queréis saber si es tan bueno o tan malo, no tenéis más que coger un libro suyo y decidir por vosotros mismos. Ahora viene mi opinión personal e intransferible sobre el libro.

Tokio Blues es la historia de Watanabe, un joven estudiante universitario en Tokio que se debate entre historias de amor poco románticas y la indeleble huella que le dejó el suicidio de su mejor amigo de la infancia.

Primero quiero destacar que ha logrado en mí un efecto que pocos libros consiguen con tanta fuerza (que yo recuerde, solo ha sido superado por "Crimen y castigo"). Un efecto de sumergirte en una atmósfera intangible y difícil de describir, de transmitirte sensaciones que te envuelven y te conducen, en este caso, a una tristeza de pasota adolescente. De esta que ves que el mundo es horrible, que eres inútil para cambiarlo en ningún aspecto básico y, al mismo tiempo, te la sud no te importa. Que la atmósfera sea gris y pueda conducirte al suicidio no quita mérito a conseguir ese efecto.
"Era incapaz de soportar aquel desconsuelo, pero no podía encerrarlo en ninguna parte. No tenía contornos, ni peso, igual que un fuerte viento soplando a mi alrededor."

Otro punto positivo es la profundidad psicológica de los personajes. Esto permite jugar mucho con los sentimientos y las motivaciones. Pero también os advierto que a veces, ver personajes que tienen una vida tan marcada por tragedias, todos y cada uno de los cuales están rotos por dentro de alguna manera, cansa. También cabe destacar que, si bien los personajes tienen un profundo mundo interior, no puede decirse que avancen o evolucionen.

Definiría el estilo como "desapasionado". No hay sorpresas, emoción... y cuando las hay se consigue quitar todo resto de intensidad. Incluso las escenas románticas o sexuales tienen poco carácter y parecen casuales y poco significativas para la historia. Imagino que todo esto contribuye a la sensación general de hastío.

¿Lo recomiendo? Desde luego es diferente a casi todo lo que podáis haber leído, no perdáis la oportunidad de indagar en el exotismo de la literatura japonesa. Y luego me contáis qué os parece.

sábado, 1 de febrero de 2014

Gaia

Un viernes de invierno, antes de que dieran las 5 de la mañana, fue cuando conocí al viudo de Antonia. Se acercó a mí tambaleando y me habló con voz aguardentosa. O ronca. Como decía un libro de mi infancia, ¿qué más daba aguardiente que ron?

Me habló desde lejos para tranquilizarme, cosa que en este mundo cuajado de desconfianza no es muy útil. Me habló desde cerca para preguntarme dónde podía encontrar un bar a esas horas.

Vi que rondaba el medio siglo, que su pelo se dibujaba en escala de grises y que las patas de gallo, que nacen de la risa, enmarcaban unos ojos distantes. Le contesté, mintiéndole a medias, que a esas horas no habría nada abierto ya. Evidentemente, el hombre simplemente buscaba una fuente extra de alcohol. Pensaréis que fui bondadoso al ahorrarle el esfuerzo extraordinario a su hígado pero, más bien, le contesté así para no tener que explicar cómo llegar a un local lleno de gente de un tercio de su edad.

Al contestarle, reconoció rápido mi acento del sur. Que si era andaluz, me preguntaba. Su mujer también lo era, lo había sido antes de morir.

Sin preparación, un desconocido me miró a los ojos y compartió conmigo la carga más pesada que jamás llevaría. Su mirada atravesó lo más profundo y oscuro de mi ser y afloró sentimientos para nada olvidados. Él cerró los ojos, me preguntó: “¿Y qué hago yo ahora?”
Mil y una veces había tenido que contestar a esa pregunta. Mil y una veces me habían roto el alma con ella de la forma más limpia y dolorosa. Y el viudo de Antonia, con la mano contra su boca para contener el llanto me hizo bajar a las simas más profundas de mi ser.

“Pues nada, seguir”, le contesté. El cansancio me podía, sí, pero conozco lo suficiente del consuelo como para saber que yo no se lo podría ofrecer a aquel hombre. Según me contó, lo único que le ayudaba era la música que escuchaba a través de sus auriculares y que, por alguna razón, asocié a Chopin.

Está claro que quien sufre una pérdida como esa no busca sino perderse. O, más bien, encontrar el camino a la perdición.

Antonia era granadina. Y me siento aún más ahogado en la lejanía y la oscuridad y la soledad.

Sus ojos vuelven a atravesarme y sus palabras vuelven a parecer salidas de una novela o de un sueño. No escucha a Chopin, como yo pensé, sino rock duro, a un volumen excesivo y con un ritmo sonoro.


La música le ayuda a seguir en pie y le ayuda a aprender holandés. Me cuenta que se va de este bendito país, supongo que también le falta empleo. “En Holanda, hay que saber holandés.”