viernes, 24 de enero de 2014

Sin razón

Alguien me dijo una vez que si me dedicaba a las letras, investigara de todo por mi cuenta. Que no dejara de lado la biología, las matemáticas o la teoría de cuerdas, a saber. Y cualquiera diría que en un mundo donde la información está al alcance de los dedos, no debería ser éste un objetivo difícil de cumplir.

Nada más lejos de la verdad, mes amis. Las neuronas de gran parte de la sociedad parecen haberse ido de vacaciones. Que sí, que entender el chiste del oso polar que se disuelve lo mismo es innecesario pero...

Oso polar en proceso de disolución. Queda comprobado que son efervescentes, como el Efferalgan.

Vivimos en un mundo rodeado de tecnología. De lenguajes informáticos, de redes conectadas por cables y por ondas y electromagnetismos. Vivimos en un mundo donde la ciencia no es solo una disciplina que busca alcanzar el conocimiento y mejorar la calidad de vida (normalmente, solo de unos pocos); ahora la ciencia se ha pluriempleado y se dedica al marketing. A crear nombres biorrimbombantes que bajan el colesterol o quitan las arrugas.

Teniendo en cuenta esta perspectiva, ¿cómo se nos puede ocurrir levantarnos de la cama sin darle un par de vueltas a la cabeza? Porque hay días que dan ganas de desempolvar la guillotina.

"Ay, a mi eso no, que no es natural". ¿Natural? ¿Qué demonios significa eso? ¡Palurdo! ¿Te crees que tu flamante iPad ha salido de un árbol? ¿Que la fibra óptima llega a tu casa por micelios fúngicos? ¡Si la mitad de la ropa que tienes en el armario lleva miles de años sin ser nada animal ni vegetal!
A todos nos escama ver una chimenea dispersando contaminantes, pero antes de criticarlo enfervorecidamente, ¿te has parado a pensar? ¿Estarías dispuesto a renunciar a las comodidades que la industria te proporciona? No se trata de decir que es algo bueno, pero resulta rematadamente hipócrita criticar las externalidades (bonito eufemismo) y quedarse con los beneficios (también económicos).

¿Sabías que eso es solo agua? ¡Una nube! Lo malo son los residuos nucleares extremadamente peligrosos.
Lo bueno es la elevadísima generación de energía. Lo malo es el riesgo potencial que eso aloja. Lo bueno es que no genera CO2... Y así todo el rato...

"Ay, eso no me lo pongas, que tiene químicos y será carcinógeno o algo". Ya estamos. Si no fuera por según qué químicos puros y duros usted habría muerto de diarrea por beber agua en mal estado. O no podría mantener el consumo de alimentos actual. O no le sería posible ir a tirar la basura en berlina.

"Ay, yo a mis hijos no los vacuno, que no me fío...". Una cosa que se ha puesto muy de moda en sitios como los Estados (por lo que tengo entendido) y que poco a poco se extiende hacia aquí. ¿Efectos secundarios? Seguro, pero peor son los efectos secundarios de su ignorancia. Las vacunas han permitido erradicar enfermedades de todos los tipos y colores. Eso sí, si lo dice la tele, vaya corriendo a por la de la gripe A.

"Ay, a mí es que me viene mejor la homeopatía". Mira, mejor ni te contesto.


No es cuestión de apoyar la ciencia a ciegas. No es cuestión de renegar de todo lo bueno que nos aporta porque ya lo hayamos olvidado. Es tan sencillo como tomarse la molestia de entender cuál es el problema. De comprender si utilizar células madre es un plan maligno, de saber si las energías renovables encarecen la factura de la luz, de informarse de qué es un alimento transgénico y qué tiene de malo o de bueno. En fin, de ser crítico y no fiarse de cualquiera.
No hay que hacer un máster, pero hay que tomar decisiones en base a información real. Como ciudadanos tenemos esa responsabilidad, ya que nuestros padres se ganaron el derecho a elegir. ¡Si tienes una opinión, asegúrate de que sea válida y respetable!

sábado, 4 de enero de 2014

Con razón

Alguien me dijo una vez que si me dedicaba a las ciencias, leyera mucho, todo lo que pudiera. Que no dejara de lado la filosofía, la literatura o la lingüística cognitiva, a saber. Y está claro que últimamente parece que todo es "científico" y que fuera de eso no puede crecer nada decente.

Da lo mismo lo que sea. Tu amigo el ingeniero parece rodeado de un halo glorioso que no se contagia al abogado ni a la de tres. Y no digamos ya al historiador o a la miríada de filólogos/filósofos y demás gente con extrañas filias. Y el que se atreva a contradecirme, debe saber que tengo el apoyo del gobierno.
Las series de policía científica, antropólogos forenses, médicos y hasta físicos teóricos se han abierto camino, relegando a las Ally McBeal del mundo a un oscuro segundo plano.

Geeks del mundo, aprovechad vuestro momento de gloria, pues no durará.

Todo en nuestra vida está impregnado embadurnado por la tecnología: cada vez hay más cacharros que necesitan enchufarse más y más a menudo para cumplir funciones que, bien miradas, son bastante innecesarias pero que en un par de años se nos antojan imprescindibles.

¿Es tan importante la ciencia? ¿Podemos seguirla a ciegas?

No hay que perder de vista que la ciencia, con todos sus teoremas y formalismos no es más que una herramienta para intentar meter el mundo y todo lo que contiene en la razón humana. 

El mundo es ilimitado, incomprensible e informe. Y nosotros nos empeñamos en tomar la realidad, modelarla a nuestra voluntad, pulir sus bordes y asperezas hasta que tenemos un hermoso y perfecto y regular poliedro que podemos colocar dentro de nuestro cerebro, que es limitado. El parecido entre la realidad y nuestra interpretación científica es, como mínimo, imperfecto.

Y de hecho, es uno de los principios de la ciencia o de la filosofía de la ciencia. Pierre Duhem afirmó que una ley física es siempre aproximada, aunque a medida que la ciencia avanza, se va acercando más a una descripción fiel de la naturaleza. Pero nunca llegaremos a la verdad absoluta.
Las leyes de Newton que se explican en el instituto no son Verdaderas. Lo son bajo ciertas condiciones, pero no siempre. Y hay otras leyes más generales, pero nunca podremos asegurar que sean Verdaderas y se cumplan bajo cualquier circunstancia.

La producción de leche de una granja era tan baja que el granjero pidió a la universidad local ayuda académica. La universidad reunió un equipo multidisciplinar de profesores, encabezado por un físico teórico, y estuvieron dos semanas haciendo investigación de campo intensiva. Los científicos volvieron a la universidad, con sus portátiles repletos de datos, y el encargo de escribir el informe se dejó para el líder del equipo. Poco después, el granjero recibió el informe, que empezaba así: «Considerando una vaca esférica, ...»


Aún más, otro de los principios (filosóficos) de la ciencia es la tesis gnoseológica de la inteligibilidad (toma ya). Es una suposición básica por la que se asume que el ser humano es capaz de comprender la naturaleza. ¿En qué momento se nos ocurrió ser tan prepotentes? Las últimas teorías físicas que explican el universo apenas son comprensibles por unos pocos. ¿De verdad podemos estar seguros de que podemos comprender la naturaleza, hasta sus últimas sutilezas?

La tecnología es capaz de resolver muchos problemas con bastante eficacia, pero también puede ser una herramienta para crearlos. Para fomentar la pobreza, el sedentarismo, la incomunicación (irónicamente) o incluso la guerra. Necesitamos alguna otra herramienta que nos indique cómo utilizar la ciencia, qué queremos hacer con ella. Y poco a poco esa herramienta que marcaba el objetivo a pasado de ser la ética o la filosofía o simplemente, la curiosidad, a ser la economía.

La ciencia nos abruma, nos agobia y nos lleva a límites casi incomprensibles de la realidad. ¿No hay mejores herramientas para transmitir la experiencia? ¿No es más profunda y completa la poesía, por ejemplo? En su inexactitud reside el poder de la connotación y la evocación, de alcanzar esa parte incomprensible de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Probablemente un poema sea mucho menos práctico pero... ¿es que todo tiene que servir para algo en la vida?

Cantas y a sol y a cielo con tu canto 
tu voz desgrana el cereal del día, 
hablan los pinos con su lengua verde: 
trinan todas las aves del invierno. 

El mar llena sus sótanos de pasos, 
de campanas, cadenas y gemidos, 
tintinean metales y utensilios, 
suenan las ruedas de la caravana. 

Pero sólo tu voz escucho y sube 
tu voz con vuelo y precisión de flecha, 
baja tu voz con gravedad de lluvia, 

tu voz esparce altísimas espadas, 
vuelve tu voz cargada de violetas 
y luego me acompaña por el cielo.