Un viernes de invierno, antes de que dieran las 5 de la
mañana, fue cuando conocí al viudo de Antonia. Se acercó a mí tambaleando y me
habló con voz aguardentosa. O ronca. Como decía un libro de mi infancia, ¿qué
más daba aguardiente que ron?
Me habló desde lejos para tranquilizarme, cosa que en este
mundo cuajado de desconfianza no es muy útil. Me habló desde cerca para
preguntarme dónde podía encontrar un bar a esas horas.
Vi que rondaba el medio siglo, que su pelo se dibujaba en
escala de grises y que las patas de gallo, que nacen de la risa, enmarcaban
unos ojos distantes. Le contesté, mintiéndole a medias, que a esas horas no
habría nada abierto ya. Evidentemente, el hombre simplemente buscaba una fuente
extra de alcohol. Pensaréis que fui bondadoso al ahorrarle el esfuerzo
extraordinario a su hígado pero, más bien, le contesté así para no tener que
explicar cómo llegar a un local lleno de gente de un tercio de su edad.
Al contestarle, reconoció rápido mi acento del sur. Que si
era andaluz, me preguntaba. Su mujer también lo era, lo había sido antes de
morir.
Sin preparación, un desconocido me miró a los ojos y
compartió conmigo la carga más pesada que jamás llevaría. Su mirada atravesó lo
más profundo y oscuro de mi ser y afloró sentimientos para nada olvidados. Él
cerró los ojos, me preguntó: “¿Y qué hago yo ahora?”
Mil y una veces había tenido que contestar a esa pregunta.
Mil y una veces me habían roto el alma con ella de la forma más limpia y
dolorosa. Y el viudo de Antonia, con la mano contra su boca para contener el
llanto me hizo bajar a las simas más profundas de mi ser.
“Pues nada, seguir”, le contesté. El cansancio me podía, sí,
pero conozco lo suficiente del consuelo como para saber que yo no se lo podría
ofrecer a aquel hombre. Según me contó, lo único que le ayudaba era la música
que escuchaba a través de sus auriculares y que, por alguna razón, asocié a
Chopin.
Está claro que quien sufre una pérdida como esa no busca
sino perderse. O, más bien, encontrar el camino a la perdición.
Antonia era granadina. Y me siento aún más ahogado en la
lejanía y la oscuridad y la soledad.
Sus ojos vuelven a atravesarme y sus palabras vuelven a
parecer salidas de una novela o de un sueño. No escucha a Chopin, como yo
pensé, sino rock duro, a un volumen excesivo y con un ritmo sonoro.
La música le ayuda a seguir en pie y le ayuda a aprender
holandés. Me cuenta que se va de este bendito país, supongo que también le
falta empleo. “En Holanda, hay que saber holandés.”
No te ahogues. Tú eres de esas personas que viene con el flotador de serie. :)
ResponderEliminary tanto que sí ^_^
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