sábado, 16 de febrero de 2019

Un día cualquiera

Caminaba después de 90 minutos de ensayo, que se habían antojado más tediosos que de costumbre.

En invierno, en Tarragona el aire parece más frío de lo que es. Se enseñorea vestido de humedad y te cala hasta los huesos. Los termómetros, al no tener huesos, no sufren este efecto. 

Nadie había querido cenar acompañándome. Todos tenían planes o sueño, que son las alternativas más comunes a tener un viernes noche. Muchos habían cenado ya y alguien mencionó el kebab, lo que me inspiró para coger uno para llevar en un local que pillaba de paso.

Con los años ya he aceptado que lo mejor que hago con los propósitos de año nuevo era quebrantarlos. Así que apenas sentí un pequeño remordimiento cuando entraba al establecimiento y pedía kebab completo con patatas fritas. Era 18 de enero.

Me atendió una mujer que parecía provenir de un país árabe, como es típico, y que tenía una actitud servicial y una voz dulce. Ella tomaba nota a los clientes y cobraba mientras un hombre se dedicaba a rellenar, enrollar y envolver durums. Rellenar, enrollar y envolver, siempre lo mismo. Imaginé que él era su esposo.

La comida tardó algo más de tiempo de lo normal. Había varios clientes a la vez y alguno iba y venía, entraba y salía. Ella seguía tomando nota con atención.

En un momento dado, el hombre vio dos o tres pedidos preparados en la barra sin entregarse. Tomó el control rápido, dejando entrever que era dejadez o incapacidad de su esposa. 
El hombre se dispuso a entregar los pedidos a unos clientes, sin mucha maña, y la mujer le advirtió, en un tono casi inaudible, que esos pedidos eran para unos chicos que estaban fumando fuera.

Los ojos de él dejaron de culparla, pero la miraron con escepticismo. Y casi con anhelo de que ella no tuviera la razón y responderle con desdén. Sin embargo, ella estaba en lo cierto, como es normal al haber tomado nota de todas las comandas.

Al pagar, me pregunté qué sentimientos atravesarían a cada uno de los miembros de la pareja*. Supuse que el hombre estaría airado al haber sido corregido por su mujer en público.

La actitud de ella era más sumisa que antes. Se disculpó por la espera mientras me entregaba la comida para llevar. Yo le quité importancia y le deseé buenas noches de corazón.

Salí, cogí una patata frita caliente y seguía imaginando cómo sería la vida de esa mujer esforzada y de voz dulce. 

En el camino a casa, me encontré todos los semáforos en verde.



*Soy consciente de que la interpretación de los hechos es subjetiva y que estoy sometido a múltiples sesgos que pueden haber tornado esta visión más dramática de lo que puede que fuera. Pero, ¿qué es la vida sin un poco de drama?

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