miércoles, 11 de septiembre de 2013

To be or not to be

Tomar decisiones se me da fatal. Ojalá hubiera una máquina "y si" como la de Futurama con la que pudiera ver dónde desembocaría cada una de mis elecciones. Ojalá el destino estuviera escrito y naciéramos con una copia bajo el brazo (preferiblemente en tarjeta micro-SD, en deferencia a nuestras madres). Creo que el miedo a esa clase de responsabilidad era la raíz de mi síndrome de Peter Pan. Por desgracia, nunca me decidí a ir a un psicólogo a averiguarlo.

Dicen que sentarse frente al mar ayuda. Supongo que será por la tranquilidad, el mantra constante de las olas rompiendo sobre la arena, el aire fresco que arrastra las preocupaciones de la mente y que deja lo esencial. Y ese momento es idóneo para que se nos revele nuestra verdadera naturaleza y lo que queremos de corazón.

Pues a mí eso no me pasa. Me quedo mirando al horizonte, y la profecía se cumple poco a poco. Las olas rompen rítmicamente, el viento sopla y, con los ojos cerrados, no pienso en nada. Pero en vez de darme cuenta de lo que deseo, voy cayendo en la indiferencia. Efectivamente las decisiones son más fáciles de tomar, pero porque nada importa. Qué más da irse o quedarse, los kilómetros, los meses. Las olas seguirán ahí, rompiendo sobre una costa impasible que no tenemos vida suficiente para ver cambiar.

Os dejo, mientras me debato entre publicar o no publicar esta entrada.

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